Gonzalo es mi hijo pequeño, sí pero… hoy no vamos a hablar de él.
Va de otro Gonzalo, con un corazón enoooorme que ha decidido ayudar en la Canela de favores de manera desinteresada.
“Aquel día le llevé a su entrenamiento de Rugby en el pueblo de al lado. Volví a casa, después le recogería su padre. Antes de que pudiera cambiarme de ropa, sonó el teléfono.
-Buenas tardes, ¿la madre de Gonzalo G.F.? Le llamamos desde la Policía Local de Alcorcón. No se asuste, su hijo está bien, pero tiene usted que venir. Le han atracado y le están curando.
Ese fue el desencadenante de algo que, desde la intuición y la ignorancia de una madre, creo que llevaba tiempo cociéndose lentamente.
Gonzalo ese día decidió no entrenar. Se fue a un parque cercano con su novieta de entonces. Se sentaron en un banco, llegó un pirado con una bici preguntando dónde había una fuente. Se lo indicaron y sin esperarlo, el loco empezó a darles con una cadena tipo pitón. Les daba con todas sus fuerzas. Gon, protegió a su amiga (muy menudita) con su cuerpo. Le dieron todo lo que llevaban encima, pero el susodicho no dejó de darles hasta que se cansó. Resultado: un montón de magulladuras y una buena brecha en la cabeza de mi hijo. Afortunadamente a la chica no le hizo nada.
Llamé a una amiga que vive al lado del parque para que bajara a la ambulancia donde estaban curando a Gonzalo hasta que yo llegara. Después le llevaron al hispital para ponerle las grapas y hacer el parte de lesiones. La policía se portó de manera impecable. Nos dijo que sabían perfectamente quién era el personaje… llevaban muchos meses detrás de él y acumulaba ¡87 denuncias! Nos rogaron que fuéramos a denunciar porque, al ser Gon menor, tenía 17 años a falta de 3 meses para cumplir los 18, si le detenían con tantas denuncias y agresión a un menor, tenía cárcel asegurada.
Así que fuimos a denunciar, que es lo que siempre hay que hacer. Los policías le dijeron a mi hijo que había hecho muy bien en no enfrentarse al agresor. Un familiar muy cercano, por el contrario, le dijo una frase que creo que no pensó, porque no se le ocurre a nadie. No recuerdo, ni quiero recordar, las palabras exactas. Pero le vino a decir que habia sido un «flojo» por no defenderse… Esto a Gonzalo le llegó al alma, se disgustó mucho. Después llegaron las declaraciones de Gon en comisaría, reconocimiento de la bici y de la cadena, rueda de reconocimiento del delincuente y juicio… Muy agradable todo para un chico de 17 años.
Hasta entonces Gonzalo había sido lo que podemos llamar un niño feliz. Fue un bebé tremendamente buscado y deseado. Llego después de 2 abortos bastante traumáticos. Fue primer hijo, primer nieto y primer sobrino. Era bueno en los deportes y en el cole. Muy travieso pero con un don de gentes innato. Scout desde los 6 años. Con muchos amigos desde la escuela infantil. Eterno viajero con su grupo Scout o con amigos. Cualquier plan de mochila le cuadraba. El campo, la naturaleza y los animales eran su pasión. Era voluntario en un centro de recuperación de animales. También en Protección Civil. Con el colegio colaboraba en comedores sociales. Para ayudar siempre era «a todo sí»
Después del episodio del atraco, nada volvió a ser igual. Empezaron a desencadenarse una tras otra crisis de ansiedad. Las visitas a psicólogos eran habituales. Terapia tras terapia pasó por épocas mejores y otras horribles. Su inseguridad crecía a la vez que su edad. Y así pasaba el tiempo… Un día descubrió que quedándose en casa, los ataques de ansiedad, disminuían. Y llegó la agorafobia. Para entonces ya estaba en la residencia de estudiantes, estudiando algo que no le gustaba sólo por complacer a su padre. Trabajaba a tiempo parcial en un centro comercial, solo por complacer a su abuelo y a su madre… Y un buen día me llamó por teléfono desde el trabajo y me dijo: «mami, estoy pringado todo el día con la universidad y trabajando. Ni me gusta lo que estudio ni es en esto en lo que quiero trabajar. Lo dejo todo, me voy a la resi a por mis cosas y me voy a casa. Nunca más en la vida haré lo que no quiera hacer»
Así fue como Gon volvió a casa… para, poco a poco, dejar de tener vida en la calle. Era imposible hasta llevarle a su terapia. Muchos días lo llevaba a rastras y llorando. Tenía que parar a mitad de camino y entrar en cualquier bar a que entrara al baño porque hasta se le descomponía la tripa.
Sus amigos de siempre le apoyaban. Alguno de ellos no dejaba de avisarle para cualquier plan, aún sabiendo que la respuesta sería un «no», jamás perdió la fe y le decía «sé que llegará el día en el que me dirás sí». (Gracias Roberto, no tendré vida para agradecerte tu empeño, cariño y generosidad).
Llegó el Covid y a Gon le vino fenomenal. No se sentía presionado a salir y nos tenía a todos en casa. Para él, la felicidad completa. Evidentemente, esto le vino fatal, empeoró una barbaridad y con el momento de empezar a salir, llegó el peor de sus infiernos… No sacaba ni a los perros. No podían venir visitas a casa. Todo le producía ansiedad y casi no salía de su habitación. Muy tremendo para un chaval de 22 años… Un día me llamó una amiga que su hija es amiga de Gon. Estaba asustada, le temblaba la voz al hablarme: mi hijo estaba teniendo ideas suicidas.
Esto para mí fue muy brutal. Hablé con compañeros médicos, me dijeron que inmediatamente fuera a casa a por él para llevarle a urgencias. Me costó lo que no os podéis ni imaginar. No había forma de sacarle de casa. Me tuve que inventar que una psiquiatra amiga estaba esperándole. Se ve que se sintió comprometido y consintió. Ahí empezaron a llevarle en Puerta de Hierro, mi hospital. Poco a poco iba mejorando, aunque aún tenía recaídas y seguía sin salir de casa. Pero al menos ya no estaba tan negativo y empezaba a consentir que viniera gente a casa. Sus amigos venían a verle, a cenar y a pasar un rato juntos.
Para entonces decidió retomar sus estudios, Auxiliar Veterinario. Podía hacerlo online y acudir a la escuela para examinarse. Se portaron fenomenal y hasta le hacían los exámenes a solas para que se pusiera menos nervioso. Eso sí, yo tenía que llevarle y quedarme en la puerta esperando a que terminara. Después vendrían las prácticas. Las retrasó todo lo que pudo y solo cuando entendió que las tenía que hacer sí o sí le echó valor. En la clínica veterinaria donde las hizo, también le apoyaron a muerte.
Así fue como empezó a salir de las tinieblas… Volvió a su voluntariado en el centro de recuperación de animales. Empezó a trabajar de monitor para colegios y guardes que iban al centro. Volvía a tener ilusión y a sonreír.
Sus amigos Scouts ya eran monitores y le pidieron volver al grupo también como monitor. Así lo hizo, eso sí, de momento no sale a excursiones ni campamentos. Todo llegará.
Va despacio pero va, que es lo más importante. Ahora ya trabaja en un gran almacén de animales. ¡¡Es el encargado de animales!! Se ocupa de los acuarios porque ha hecho también el curso de Acuarios y Reptiles. Está contento, sale con sus amigos y vuelve a ser el Gonzalo de siempre.
Mi hijo ha estado enfermo durante unos 8 años. Ha perdido parte de su juventud. Por el camino se han quedado algunos amigos que seguro no lo eran tanto. Pero lo más importante es mirar siempre hacia delante y sacar la parte positiva de tanto sufrimiento. Siempre la hay. Ha ganado amigos que ya le han conocido con sus limitaciones. Ha aprendido quienes están siempre y quienes nunca. Sigue siendo mi niño solidario, empatico, generoso, buen hijo, buen hermano, buen nieto, buen amigo. Para mí, un orgullo de hijo.
Desde aquí, y de la mano de Bárbara, quiero agradecer a todos quienes en algún momento han echado una mano a Gon. A sus psicólogos y psiquiatras, a mis compañeros del hospital (que me han sostenido a mí cuando me caía), a sus amigos, a los abuelos, a Juan Carlos (mi marido), a mis otros dos hijos, a mis amigas de siempre que han llorado conmigo y jamás me han juzgado cuando, en medio de unas cervezas, he salido corriendo porque mi hijo me necesitaba… Gracias, gracias y mil millones de gracias. Sin vosotros, no hubiéramos podido.
También quiero pedir a los poderes políticos, que se invierta más en Salud Mental. No hay recursos suficientes. Se esconden los suicidios bajo el manto de la confidencialidad, pero es tremendo la cantidad de personas que ingresan cada día con ideas autolíticas y más tremendo aún el número de personas que consiguen terminar con su vida. Esto no se puede consentir. No es normal que miremos hacia otro lado ante tantas personas que sufren…
Por último, gracias a tí Bárbara. Por todo lo bueno que haces por tantas personas. Gracias, gracias, gracias 🙏🏻»
Yo quiero ayudar dijo Gonzalo: “se como se siente esa chica de la cadena de favores”. Y aquí es donde empieza la segunda parte de este post que tendréis en unos días (o semanas)
CON EL PRIMER CAFE
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Ese Gonzalo soy yo. Si alguien lee esto y necesita hablar, que no dude en contactar conmigo o bien por correo electrónico gonzalogu98@gmail.com o por Instagram @_gonsor Estaré encantado de escuchar.
Qué historia tan dura y bonita a la vez, Bárbara! Gracias por compartirla.
Yo también he llorado al leer la carta,como muchas veces estando o no,te puede cambiar la vida,mientras leía pensaba que no tenga un final,el que nunca queremos oír, que te llamen y te digan que tu hermano se ha suicidado, es una carga y dolor que aunque pasen los años ,esta muerte no la puedes asimilar, porque te culpas de si tú habrías podido hacer algo más. Pero como dice la madre de Gonzalo tendrían que priorizar y preferente las consultas con los especialistas. Un abrazo para Gonzalo y su familia